Sobre el Corpus AGILEX

Las nuevas rutas del Atlántico y del Pacífico abrieron a partir del siglo XVI grandes perspectivas y con ellas el desarrollo del poder naval, de la ingeniería naval y de los saberes náuticos, estos últimos no siempre vertidos en grandes tratados y muchas veces guardados a buen recaudo entre la documentación archivística. 

Es por ello que hablar del léxico de la navegación y de la gente de mar implica, en efecto, como bien apunta Carriazo Ruiz, centrar nuestra atención en el denominado tecnolecto marinero en sus dos vertientes, la náutica y la naval, en tanto en cuanto este comprende todo lo relacionado con la profesión de los pilotos y marineros (pilotaje, maniobra, geografía marítima, meteorología, instrumentos matemáticos y organización naval, en general) y lo relativo a los propios buques y a su construcción (organización de los astilleros y arsenales, reparación y equipamiento del barco, tipos de barcos y táctica militar —organización naval—, en particular). 

Sin embargo, más allá de lo expresado, este lenguaje técnico y científico vinculado al mundo de la navegación (naval y marítima) y recogido en los libros y tratados de náutica por expertos e intelectuales se hace efectivo precisamente en boca de su eslabón principal, el hombre de mar, marino o marinero, que ajeno al mundo de la erudición se nos presenta, si bien diestro en su profesión u oficio, poco versado en letras, potenciando así que léxico especializado, jerga marinera y lengua común (siempre sujeta a variación en sus múltiples perspectivas y manifestaciones) se interrelacionen, formando un todo indisoluble, que es devuelto de nuevo al papel, sellado o corriente, tras pasar por el tamiz de la oralidad, cautivando así, aún más si cabe, el interés del filólogo y del lexicógrafo.

Tipología documental

A lo largo de los últimos años hemos venido demostrando el indiscutible valor léxico-semántico que tienen los registros de navíos como fuente documental, no solo por el importante caudal de voces especializadas y no tan especializadas que aparecen recogidas en los distintos documentos que conforman estos expedientes, de amplia y variada tipología, sino además por la especialización semántica que adquieren en el contexto en el que aparecen referenciadas: voces relativas a las embarcaciones (sus proporciones, tipo, lugar de fabricación, tonelaje, estado de conservación, etc.), a los pertrechos y aparejos náuticos que llevaban, a las mercancías que transportaban, a los precios que debían ser vendidas, a las transacciones comerciales que se realizaban, a los impuestos que se pagaban, así como a todo lo relacionado con el pasaje y la tripulación.

El exhaustivo control económico y fiscal ejercido por la Corona estaba fundamentalmente orientado a percibir derechos de entrada y salida, tanto en Sevilla como en las Indias, lo que significa que todo lo que los navíos guardaban en sus bodegas debía ser rigurosamente relacionado y descrito por los visitadores en un documento bien de carácter administrativo, bien de carácter jurídico, que formaba parte del registro, antes de iniciarse la travesía. Ello cobra mayor relevancia si se tiene en cuenta que por el puerto de Sevilla y sus atarazanas circulaba todo tipo de productos: artículos de primera necesidad (alimentos y bebidas junto con los recipientes que los contenían), enseres (utensilios, muebles e instrumentos necesarios y propios de una casa o para el ejercicio de una profesión), ropas, telas, joyas, maderas, plantas, animales, medicinas, fármacos, metales preciosos, etc., procedentes en ocasiones de lugares recónditos y lejanos, en muchos casos desconocidos y a veces innominados, con los que poco a poco se iban familiarizando. De ahí que los registros de navíos sean ricos tesoros lexicográficos.

Todo este trasiego mercantil llevará aparejado el manejo no solo de voces de uso común, sino también de todo un vocabulario técnico y especializado (relacionado con el mundo militar, jurídico, administrativo, comercial y marítimo) procedente en muchas ocasiones de otras lenguas, o, en su caso, de nueva creación. 

Por su parte, las circunstancias que rodean este proceso y el carácter administrativo que conlleva la materialización de estos actos que obedecen a exigencias prácticas hacen que estos expedientes se acerquen sobremanera al carácter oral de la lengua, convirtiéndose así en muestras gráficas de una determinada forma de hablar, lo que nos permite abordar el estudio de múltiples cuestiones lingüísticas de diversa índole relacionadas con la evolución del español en el período que va de los siglos XVI al XVIII.

Otro importante campo de investigación en el que también se está trabajando son los documentos relativos a las ordenanzas navales, los reglamentos de corso, los asientos o las señales de escuadras. 

Sin ir más lejos, las consultas realizadas sobre las distintas ordenanzas dictadas para la construcción de navíos de guerra y mercantes (1607 , 1613 , 1618 ) reflejan la disparidad de criterios que había en el ámbito de la arquitectura naval, los cambios que se iban produciendo o las reformas que se iban realizando, siempre en función de los intereses de cada parte (representantes de la Corona y comerciantes) y las necesidades del momento, lo que las convierte en valiosas fuentes de información lexicográfica cuyos contenidos no siempre han quedado rigurosamente reflejados en los tratados náuticos y navales, así como en los corpus elaborados a partir de estos.

A ello cabe añadir que más allá de estos conjuntos de preceptos, la redacción de informes y escritos emitidos entre la elaboración de unos y otros nunca cesó. La participación activa de grandes especialistas, quizá no de tan reconocido prestigio como otros pero sin lugar a dudas definitorios en este quehacer, se traduce en multitud de documentos, los cuales yacen ocultos en los miles de legajos que custodia el AGI, y que se convierten por ello mismo en foco de interés. 

Otra de las atribuciones de la Casa de la Contratación era la de ser un Tribunal de Justicia, cuya finalidad principal era ejercer la jurisdicción, es decir, resolver litigios y aplicar el derecho en cada caso, resolviendo controversias.

En el mundo del mar las disputas, querellas, altercados y desacuerdos eran constantes. Según los tipos de autos o según los temas de litigio, se podían diferenciar entre autos civiles, criminales, entre partes, de oficio, fiscales, de concurso de acreedores, de despachos de armadas, de cobro de fletes, sobre libertad de avería, paga de salarios, robos o incluso homicidios. Resultan numerosos los testimonios de autos seguidos contra pilotos y maestres de navíos por embarcar sin licencia a pasajeros en su nao. Es por ello que la información que se puede obtener de la utilización de este material es muy rica y variada. Dentro de cada legajo se describe cada pleito individualmente figurando la fecha, los nombres, vecindad y/o cargo de las partes, el objeto del litigio y el estado en que quedó el pleito.

Tampoco podemos olvidar que la defensa de la Carrera de Indias se organizó con la preparación de armadas y buques que escoltaban a los navíos mercantes, y que el gasto que ello producía se pagaba con un impuesto, la avería, que era proporcional (ad valorem) sobre las mercancías, por lo que las relaciones entre patrones de buques y mercaderes también eran a veces complicadas. Es característica en la creación del Derecho marítimo la importancia de los usos, cuya selección, conservación e interpretación estaba confiada a jueces legos, no versados en Derecho romano, pero conocedores de la vida y el oficio de la mar (Molina Font 2011: 15-29). En la época que nos ocupa, los peligros durante la navegación no solo eran los propios y naturales derivados del estado de la mar o de la meteorología, sino también los provocados por los corsarios y piratas. En este ámbito, la protesta de mar era presentada por el patrón, piloto, capitán o maestre de buque en el primer puerto de arribada acompañado de dos testigos, generalmente pasajeros, tripulantes o cualquier otra persona que hubiera presenciado los hechos. Debía presentarse por escrito, de forma legal y ante la autoridad competente. Esta protesta no era sino una manifestación de voluntad para hacer constar su irresponsabilidad y la del personal a sus órdenes ante cualquier accidente, situación o avería, salvaguardando con ello los derechos contra terceros. Al igual que en los autos, la variantes eran muchas, encontrándose entre ellas las protestas de arribadas, de averías, de echar a la mar, de naufragio, de estadías, etc. Y en cada una de ellas se describe, narra y explica con todo lujo de detalles qué, cómo, dónde y por qué ocurren los acontecimientos, quiénes son los participantes y en qué lugar o lugares se producen, situándonos así ante episodios repletos de voces y expresiones propias del mar.

Desde los inicios del descubrimiento del Nuevo Mundo fueron numerosas las personas que decidieron embarcarse hacia tierras americanas en busca de nuevas aventuras o riquezas, entre ellos muchos marineros que ante semejante oportunidad decidían cambiar de oficio y buscar fortuna allende los mares. De acuerdo con las ordenanzas de la Casa de la Contratación de Sevilla, cada una de estas personas, pasajero o tripulación, era registrada en los llamados Libros de registro de pasajeros o Libros de asientos. En ellos quedaba anotado el nombre, parentesco, lugar de nacimiento, condición civil, vecindad, filiación, estado, acompañantes, puerto de destino, nombre del navío en el que se embarcaba, nombre del maestre y, en su caso, el número del pasajero. 

Pero como es de imaginar, solo la travesía ya suponía una dura y ardua aventura en la que nadie podía vaticinar si se trataba de un viaje de ida y vuelta o simplemente de ida. La mayoría de estos pasajeros fueron afortunados y una vez llegaron a tierras americanas se establecieron en ellas, donde permanecieron hasta su muerte; otros en cambio no corrieron la misma suerte pues esta los sorprendía en alta mar durante el trayecto. Al producirse estas situaciones se ponía en funcionamiento una serie de mecanismos conducentes al cumplimiento de la voluntad del finado, que eran protagonizados por el Juzgado de Bienes de Difuntos. 

Era consustancial a todo marino o marinero contar entre sus bienes con libros de náutica, cuadernos de notas, instrumentos de marear u otros enseres propios de su profesión u oficio, de aquí que también en este caso nos encontramos con una importante colección documental de gran interés lexicográfico.

La Casa de la Contratación, en el desempeño de sus funciones como principal centro de investigación científica y como escuela de náutica, genera durante estos tres siglos un volumen ingente de documentación.

Es indudable que tras el descubrimiento de América, la conquista, exploración y explotación del Nuevo Mundo comprende el dominio de los océanos: el establecimiento de las rutas de navegación, la elaboración de las cartas náuticas, el conocimiento de las distancias, la creación de tablas con datos de la declinación solar, y con ello el desarrollo de la navegación astronómica y de los modernos ingenios mecánicos o electrónicos —octante, sextante (que reemplazó al astrolabio), cronómetro marino— que permitirán el cálculo de la latitud por la medición de la altura meridiana del Sol y el de la longitud por diferencias horarias. 

A los saberes derivados de la experiencia y a la intuición había que sumarle ahora los conocimientos técnicos; en la unión de la teoría con la práctica estaban las claves del éxito. Y es aquí donde interviene la Casa de la Contratación, como organismo creado directamente por el Estado para estos fines.

Pero más allá de la elaboración de libros y tratados de náutica, de óptica, de matemática, de geografía, de hidrografía o de astronomía estaba la creación de las cátedras, los nombramientos y títulos de catedráticos, las leyes que regían sus funciones y competencias, la distribución de las materias y de sus contenidos, el método establecido para los exámenes de piloto y un sinfín de documentos más de inestimable valor lingüístico y filológico.

No podemos olvidar que otra de las competencias de la Casa de la Contratación era garantizar la seguridad en la navegación y en las rutas, y que para ello había que preparar a los pilotos con el fin de que hicieran un uso correcto de las cartas de navegar y que estos contaran con instrumentos náuticos apropiados. Ello la convirtió en un importante centro de cartografía, de cosmografía y de náutica, y se le dotó del personal adecuado. Además de asesores y técnicos, se crearon los cargos de piloto en 1508, de cosmógrafo de hacer cartas y fabricar instrumentos en 1523 y el de catedrático de cosmografía y arte de navegar en 1552.

Otra de las labores principales encomendadas a la Casa de la Contratación fue la confección del Padrón Real, el mapa donde figurarían todos los nuevos hallazgos, modelo cartográfico que se iba modificando y enriqueciendo a medida que se iba descubriendo y conociendo la geografía americana. Todos los oficiales tenían la obligación de informar a la Casa de Contratación sobre las nuevas tierras o descubrimientos que hubieran hecho, junto con las latitudes y longitudes, información que era trazada en los mapas.

Así pues, más allá de las expediciones científicas propias de la España ilustrada del siglo XVIII, desde los inicios del proceso de conquista se pusieron en marcha estas otras expediciones que tenían como objetivo primordial el ir descubriendo poco a poco los nuevos territorios con el fin de obtener un mayor y mejor conocimiento de los mismos y con ello un aprovechamiento racional del Imperio.

Los Diarios de navegación eran, en realidad, cuadernos en que se anotaban los elementos de la derrota que seguía un buque. Contienen espacios reservados para anotar la «estima» y los cálculos de la longitud y latitud al mediodía. Se registran todos los pormenores de la navegación, observaciones hidrográficas, meteorológicas y astronómicas: se anotan las horas, distancias recorridas, aparejo, rumbos, derroteros, sondas, situaciones y todos los acaecimientos de interés. Es interesante destacar la minuciosidad con la que se anotan las observaciones meteorológicas (nubes, naturaleza y cantidad de las precipitaciones, presión, temperatura, dirección del viento y velocidad; condiciones de visibilidad, dato muy importante para la navegación; estado de la mar) e hidrográficas (bajos, corrientes, marcaciones, sondas) durante la travesía del océano.

Por su parte, los Derroteros eran libros que contenían la situación geográfica de los puntos más notables de una costa o costas y mares adyacentes e intermedios, con todas las noticias necesarias (elementos meteorológicos, hidrográficos y preceptos óptimos) orientadas a facilitar y asegurar la navegación. Al igual que los diarios de navegación ofrecían una descripción muy detallada de las vistas y horizontes, así como de los vientos, corrientes, enfilaciones, peligros, y cuantos datos pudieran facilitar la navegación de los pilotos.